Una noche sin lluvia. Sin neblina. Sin condiciones meteorológicas adversas. Y aun así, la madrugada del domingo 14 de junio dejó un saldo que ya conocemos de memoria: vehículos empotrados, un motorista muerto en la cuesta de Villalobos, conductores huyendo tras atropellar a alguien, yPickUps volcados contra árboles. En condiciones ideales para conducir, seguimos llenando las calles de hierro retorcido y vidas rotas. La pregunta que observamos desde este medio no es nueva, pero sigue sin respuesta satisfactoria: ¿cuántos fines de semana más necesitamos para entender que el problema no está en el asfalto, sino en quienes lo transitan?
Creemos que la coincidencia temporal no es casual. Los operativos de alcoholemia de la Policía Municipal de Tránsito durante esa misma madrugada revelaron lo que ya sospechábamos: varios conductores dieron positivo, algunos relacionados con el consumo de alcohol mientras observaban partidos del Mundial 2026. El conductor que se empotró en el arriate de la avenida Reforma aparentemente estaba ebrio. El motorista atropellado en el bulevar Los Próceres nunca tuvo oportunidad de defenderse contra un conductor que huyó cobardemente. Y en la ruta al Pacífico, otro motorista perdió la vida en circunstancias que las autoridades aún investigan. No fueron fatalidades. Fueron decisiones.
Vale la pena recordar que estos no son accidentes en el sentido estricto de la palabra. Un accidente implica imprevisibilidad, algo que escapa al control humano. Pero cuando alguien decide ponerse al volante después de beber, cuando conduce a velocidades temerarias en zonas urbanas, cuando huye después de atropellar a una persona, estamos hablando de violencia vial. Violencia que cobra vidas con la misma regularidad con la que llega el fin de semana. Observamos desde este medio que las autoridades realizan operativos, sancionan, retiran licencias. Pero la cultura de impunidad y la normalización del riesgo siguen siendo más fuertes que cualquier control policial. Un conductor ebrio detenido es un peligro menos, según indicó la PMT. Pero ¿cuántos más circularon libremente esa misma noche?
En nuestra opinión editorial, el problema va más allá de la fiscalización. Necesitamos una transformación cultural profunda que entienda que conducir no es un derecho absoluto, sino una responsabilidad que puede cancelarse cuando se pone en riesgo la vida de otros. Necesitamos sanciones ejemplares que no se queden en multas simbólicas. Necesitamos que quien atropella y huye enfrente consecuencias penales severas. Y necesitamos que la sociedad salvadoreña deje de normalizar el binomio alcohol-volante como parte inevitable de la diversión nocturna. Porque mientras sigamos considerando que llegar ebrio a casa es parte del espectáculo del fin de semana, seguiremos contando muertos en las madrugadas.
La noche del sábado 13 de junio no fue excepcional. Fue tristemente ordinaria. Y esa normalidad es, quizás, lo más alarmante de todo. Desde este medio creemos que cada motorista muerto, cada peatón atropellado, cada familia destrozada por un conductor irresponsable debería estremecernos. Pero la repetición embota la sensibilidad. Hasta que nos toca de cerca. Hasta que el próximo nombre en las noticias es alguien que conocemos. Quizás entonces entendamos que las calles no son un campo de batalla donde vale todo. Son espacios compartidos donde la vida de cada persona depende de las decisiones de los demás.
Fuentes consultadas
Información elaborada por noticias.com.sv a partir de La Hora. Fuente original: La Hora