Cada cierto tiempo, la naturaleza nos envía recordatorios de que vivimos en un sistema interconectado donde las decisiones y omisiones tienen consecuencias. La advertencia de la Organización de las Naciones Unidas sobre la llegada prácticamente confirmada del fenómeno de El Niño —con un 90% de probabilidad entre junio y agosto de 2026— representa exactamente eso: una señal de alarma que no deberíamos tratar como un acontecimiento meteorológico más en el calendario. En este medio observamos con preocupación que estas advertencias científicas suelen perderse en el ruido informativo cotidiano, cuando deberían movilizar preparativos inmediatos en todos los niveles de gobierno y comunidad.
El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, no utilizó un lenguaje diplomático ambiguo esta vez. Su declaración fue directa: el mundo debe tratarlo como un aviso climático urgente. La Organización Meteorológica Mundial respalda esta alerta con datos concretos: las temperaturas oceánicas del Pacífico Tropical están propiciando condiciones que intensificarán patrones climáticos extremos. Creemos que la contundencia de estas declaraciones refleja una frustración justificada ante la lentitud global para enfrentar fenómenos que la ciencia puede predecir con creciente precisión. El Niño no es una sorpresa repentina; es un proceso observable que, según los modelos de pronóstico, será al menos de intensidad moderada y posiblemente severo, extendiéndose hasta noviembre próximo.
Vale la pena recordar que El Niño no actúa en el vacío. Como señaló Guterres, estas condiciones pondrán combustible en el fuego de un planeta ya sobrecalentado. Los impactos cruzarán fronteras con velocidad devastadora, afectando agricultura, recursos hídricos y aumentando el riesgo de eventos meteorológicos extremos desde sequías prolongadas hasta inundaciones repentinas. En El Salvador y Centroamérica, región particularmente vulnerable a estos fenómenos, hemos experimentado de primera mano cómo alteraciones en los patrones de lluvia pueden desestabilizar economías locales y forzar desplazamientos. La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, fue explícita: debemos prepararnos para episodios intensos que agravarán tanto sequías como precipitaciones torrenciales, incrementando el riesgo de olas de calor.
Desde este medio consideramos que la respuesta no puede limitarse a planes de contingencia reactivos. La advertencia de Guterres incluye una prescripción clara: terminar la dependencia de combustibles fósiles, acelerar la transición hacia energías renovables y proteger a las poblaciones más vulnerables. Son medidas que exigen voluntad política sostenida, no declaraciones oportunistas cuando el desastre ya golpeó. Los sistemas de alerta temprana, que la OMM promueve para todos los países, salvan vidas solo cuando van acompañados de infraestructura adecuada, planes de evacuación practicados y comunidades informadas que confían en las instituciones que emiten las advertencias.
El Niño llegará independientemente de si estamos preparados o no. La diferencia radicará en cuántas vidas, cosechas y medios de subsistencia protegemos con acciones tomadas ahora, no después. La ciencia nos da el privilegio de la anticipación; desperdiciarla por negligencia o desinterés sería imperdonable. Este es el momento de tomar decisiones informadas, no de esperar a lamentar consecuencias evitables.
Fuentes consultadas
Información elaborada por noticias.com.sv a partir de La Hora. Fuente original: La Hora