Economía

Cuando crecer no es suficiente para desarrollarse

Cada tres meses se repite el mismo ritual. Los gobiernos presentan las cifras del Producto Interno Bruto, los analistas debaten sobre décimas porcentuales y los titulares celebran o lamentan el desempeño económico. En países como México y Guatemala, estas cifras suelen mostrar estabilidad o incluso expansión. Sin embargo, millones de ciudadanos siguen preguntándose por qué ese crecimiento no se traduce en mejores escuelas, hospitales funcionales, calles seguras o salarios dignos. La respuesta radica en una confusión conceptual fundamental: se ha equiparado equivocadamente el crecimiento económico con el desarrollo nacional, cuando en realidad son fenómenos distintos que no siempre avanzan juntos.

El crecimiento económico representa únicamente el aumento cuantitativo en la producción de bienes y servicios dentro de un territorio. Es un número, una estadística que mide actividad económica sin distinguir qué tipo de actividad genera ese incremento ni quiénes se benefician de ella. Una economía puede expandirse gracias al auge exportador de ciertas industrias, al alza en los precios internacionales de materias primas o a la llegada masiva de inversión extranjera. Pero si esa riqueza generada queda atrapada en sectores específicos, regiones privilegiadas o grupos reducidos de la población, el ciudadano promedio no experimenta ninguna mejora tangible en su vida cotidiana. El crecimiento se convierte entonces en un espejismo estadístico que oculta realidades de estancamiento o incluso deterioro para amplios segmentos sociales.

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El desarrollo nacional, por el contrario, abarca dimensiones mucho más amplias que trascienden lo meramente cuantitativo. Implica la construcción de instituciones sólidas y confiables, el acceso efectivo a servicios esenciales de calidad, la movilidad social real que permite a las personas ascender mediante su esfuerzo y talento, la seguridad física y jurídica de los habitantes, y la capacidad de cada individuo para desplegar su potencial sin verse limitado por barreras estructurales. Un país verdaderamente desarrollado no es aquel que simplemente produce más, sino aquel donde sus ciudadanos pueden aspirar legítimamente a una vida digna, saludable y plena de oportunidades. La diferencia entre ambos conceptos resulta tan grande como la que existe entre medir la velocidad de un vehículo y evaluar si realmente está llevando a los pasajeros hacia su destino deseado.

Dos casos que ilustran la desconexión

México se ha posicionado como una de las quince economías más grandes del planeta en términos absolutos de PIB. Sus exportaciones manufactureras compiten globalmente, su integración comercial con Estados Unidos y Canadá es profunda, y diversos indicadores macroeconómicos proyectan una imagen de solidez. No obstante, esta apariencia de fortaleza económica contrasta brutalmente con la realidad que viven millones de mexicanos. La inseguridad alcanza niveles alarmantes en múltiples regiones, con tasas de homicidio que rivalizan con zonas de conflicto armado. La desigualdad regional mantiene abismos de desarrollo entre estados del norte industrializado y comunidades del sur empobrecido. La productividad laboral permanece estancada en niveles que limitan el crecimiento salarial real, mientras amplios sectores de la economía operan en la informalidad sin protección social ni derechos laborales. El país crece, pero no se desarrolla proporcionalmente.

Guatemala presenta un patrón similar aunque con matices propios. Algunos indicadores macroeconómicos exhiben estabilidad fiscal y comercial que tranquilizan a los mercados internacionales y satisfacen ciertos estándares técnicos. Sin embargo, detrás de esos números se esconde una realidad demoledora para vastos sectores poblacionales. La desnutrición infantil alcanza tasas que corresponderían a países en situaciones de emergencia humanitaria. El acceso a educación de calidad permanece como privilegio de minorías urbanas acomodadas, mientras comunidades rurales e indígenas enfrentan escuelas sin recursos ni maestros capacitados. La presencia efectiva del Estado resulta prácticamente inexistente en amplias zonas del territorio nacional, donde los servicios públicos básicos brillan por su ausencia. Aquí también el crecimiento económico agregado no se ha traducido en desarrollo humano integral para la mayoría.

El cambio de paradigma necesario

Mahbub ul Haq, economista paquistaní que dedicó su carrera a repensar cómo medimos el progreso social, planteó una idea revolucionaria que hoy parece obvia pero que entonces representaba una ruptura radical con el pensamiento dominante. Sostuvo que la verdadera riqueza de una nación no reside en sus cifras de producción agregada sino en la calidad de vida de sus personas. Como arquitecto del Índice de Desarrollo Humano, propuso desplazar el foco desde el simple incremento del ingreso nacional hacia dimensiones más significativas: la capacidad de las personas para vivir vidas largas y saludables, acceder a educación de calidad que amplíe sus horizontes, y disfrutar de un nivel de vida decente con oportunidades reales de progreso. Este cambio de perspectiva implicaba dejar de preguntarse cuánto produce un país para comenzar a indagar cuánto prospera efectivamente su población.

El economista indio Amartya Sen, premio Nobel de Economía, profundizó esta visión al argumentar que el desarrollo genuino consiste fundamentalmente en expandir las capacidades y libertades reales de los individuos. Una sociedad desarrollada no es aquella que acumula mayor riqueza agregada, sino aquella que permite a sus miembros ejercer elecciones significativas sobre sus propias vidas, acceder a oportunidades sin enfrentar barreras arbitrarias de origen social, étnico o geográfico, y participar activamente en la construcción de su destino colectivo. Desde esta perspectiva, el desarrollo implica remover obstáculos sistemáticos que limitan el potencial humano, sean estos la pobreza, la falta de educación, la enfermedad, la represión política o la exclusión social. El crecimiento económico puede servir como herramienta para lograr estos objetivos, pero nunca debe confundirse con el objetivo mismo.

Hacia una nueva medida del éxito nacional

La persistencia de problemas estructurales en países con crecimiento económico sostenido revela la urgencia de adoptar métricas más comprehensivas para evaluar el progreso nacional. No se trata de descartar la importancia del PIB, que sigue siendo útil para medir la actividad económica agregada, sino de complementarlo con indicadores que capturen dimensiones esenciales de la vida humana que las estadísticas puramente económicas ignoran. La fortaleza institucional, medida por la confianza ciudadana en las instituciones públicas y la capacidad estatal para garantizar derechos y proveer servicios. La movilidad social, evaluando si las personas pueden mejorar su condición mediante esfuerzo y mérito o permanecen atrapadas por circunstancias de nacimiento. El acceso efectivo a justicia, educación de calidad y atención sanitaria funcional. La seguridad física y la reducción de violencia. Todos estos elementos configuran el desarrollo real mucho mejor que el simple tamaño de la economía.

Para países centroamericanos y latinoamericanos en general, este cambio de enfoque resulta particularmente relevante. Décadas de políticas centradas obsesivamente en estimular el crecimiento mediante apertura comercial, atracción de inversión extranjera y disciplina fiscal han producido resultados mixtos en términos de PIB, pero han fallado sistemáticamente en generar desarrollo humano amplio e inclusivo. La riqueza generada ha tendido a concentrarse, las instituciones continúan débiles y capturadas, la violencia se ha intensificado en muchos casos, y las oportunidades reales para la mayoría siguen siendo limitadas. Reformular la conversación nacional desde cuánto crecemos hacia cómo nos desarrollamos implica reorientar prioridades, inversiones públicas y estrategias de largo plazo hacia lo que realmente importa: la capacidad de cada ciudadano para vivir una vida digna y plena.

El debate ya no puede limitarse a celebrar cifras trimestrales de crecimiento que resultan abstractas e irrelevantes para quienes enfrentan cotidianamente violencia, desempleo, servicios públicos deficientes o falta de oportunidades educativas. La pregunta que México, Guatemala y otros países de la región deben formularse con honestidad es si el modelo de desarrollo adoptado está realmente construyendo sociedades más prósperas, equitativas, seguras y capaces de ofrecer futuro a sus habitantes. El crecimiento económico puede ser condición necesaria, pero definitivamente no es condición suficiente. Sin instituciones sólidas, sin inversión sostenida en capital humano, sin combate efectivo a la desigualdad y sin Estado presente y funcional, el crecimiento seguirá siendo un número que beneficia a pocos mientras las mayorías esperan un desarrollo que nunca llega.


Información elaborada por noticias.com.sv a partir de La Hora. Fuente original: La Hora

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